Estrés como factor determinante en cada ciclo vital. El estrés puede influir en el desarrollo en todas las etapas del ciclo vital.
Y dadas las transformaciones que caracterizan dichas etapas, en el ámbito biológico, psicológico y social, el estrés puede afectar leve o drásticamente la estabilidad del individuo. En este artículo la autora se centra en el Estrés en el adulto intermedio (45 a los 65 años).
Más información profesional de la mano de la Dra. Verónica Morín Apela, autora del libro ‘Vivir con Estrés‘, editado por Barker Books.
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Estrés como factor determinante en cada ciclo vital (5)
Estrés en el adulto intermedio (45 a los 65 años)
Dra. Verónica Morín
Muchas personas creen que, al llegar a la mitad de la vida, el estrés debería disminuir gracias a una mayor estabilidad personal, familiar o económica. Sin embargo, la realidad suele ser diferente.
La adultez intermedia representa una etapa en la que convergen múltiples responsabilidades, importantes decisiones y cambios físicos, emocionales y sociales que pueden incrementar la vulnerabilidad al estrés.
Desde una perspectiva del desarrollo humano, esta etapa comprende aproximadamente entre los 45 y los 65 años.
Más allá de los límites cronológicos, constituye un período de consolidación personal y profesional, pero también de profundas transformaciones que invitan a replantearse prioridades, proyectos y estilos de vida.

Los factores que disparan el estrés en la mediana edad
En la práctica clínica es frecuente observar que muchas personas llegan a esta etapa convencidas de que deberían sentirse plenamente satisfechas.
Sin embargo, no es raro encontrar pacientes que experimentan cansancio persistente, pérdida de motivación o la sensación de haber postergado durante años sus propias necesidades. Estas vivencias pueden constituir una importante fuente de estrés cuando no se identifican y abordan oportunamente.
Las situaciones que a la persona de esta edad, pueden ocasionarle eventos estresantes, difieren en torno a factores como el género, la salud, la posición socioeconómica, la cultura, la personalidad, el estado civil, la presencia de hijos y la función laboral (Lachman, 2004; Papalia, et al., 2013).
Y pese a la madurez que la persona ha adquirido hasta esta etapa, el impacto de los eventos estresantes pueden afectarle y es posible que tengan implicaciones de mayor gravedad, causándole problemas psicológicos, emocionales y fisiológicos; pues se considera que en esta etapa se determina la estabilidad familiar, laboral y/o profesional.
Es por ello que las responsabilidades se incrementan y, muchas veces, los recursos para afrontar cada situación no siempre son suficientes. Dichas deficiencias pueden convertirse en los desencadenantes de tensión o estrés, los cuales al acumularse producirán efectos adversos en la salud física y la estabilidad emocional o mental en casos crónicos (Ortega, Ortiz y Coronel, 2007; Zamora y Romero, 2010).
Las investigaciones en esta etapa vital, han centrado su interés en estudiar el estrés laboral, tema que desarrollaremos en el próximo capítulo más profundamente, y cómo este puede afectar el rendimiento productivo de las personas adultas.

Todas las claves para aprender a ‘Vivir con estrés’ – Dra. Verónica Morín
El entorno familiar, una fuente de tensión
El entorno familiar constituye una de las principales fuentes de satisfacción durante la adultez intermedia, pero también puede convertirse en un importante generador de estrés.
En esta etapa suelen coincidir situaciones como el cuidado de hijos adolescentes o adultos jóvenes, el acompañamiento de padres envejecidos, los cambios en la relación de pareja y nuevas exigencias económicas o laborales, generando una elevada carga emocional.
Al respecto, la tolerancia al estrés y el tipo de afrontamiento dependerán de la situación y estabilidad de sus integrantes y del entorno del grupo, de cómo esté se ha formado y bajo qué actitudes, principios, valores y prioridades se fundamenta (Louro, 2004; Rodríguez, Zamora y Nava, 2009).
El afrontamiento como herramienta de protección
Como se ha expuesto hasta ahora en esta etapa, el adulto se somete a situaciones de estrés en todos sus entornos, varios frentes, pero por la gravedad de los eventos o el compromiso de sus responsabilidades, los efectos pueden ser más perjudiciales y generar problemas asociados, de mayor influencia en su estabilidad física y emocional.
No obstante, en esta etapa las estrategias de afrontamiento, pueden configurarse con mayor certeza como una herramienta de protección frente al estrés, sobre todo, cuando se utilizan herramientas como la solución de problemas desde la reflexión cognitiva orientada a la resolución, la búsqueda de apoyo profesional, el apoyo social y la reevaluación positiva que es una estrategia cognitiva que busca aprender de las dificultades, identificando los aspectos positivos del problema.
Por otra parte, si el adulto retoma estrategias de afrontamiento como la negación, la evitación emocional o cognitiva, o la espera a que las soluciones lleguen solas, es probable que no logre disminuir su estrés (Montoya y Moreno, 2012).

El cumplimiento de metas y la madurez personal
El cumplimiento de metas durante esta etapa es crucial, ya que puede influir significativamente en la trayectoria de vida del individuo como adulto.
Se espera que se alcancen hitos importantes, como independizarse del hogar familiar, ingresar al mercado laboral de manera estable, establecer relaciones de pareja significativas y formar una familia.
Estos logros suelen sentar las bases para el desarrollo personal y profesional a lo largo de la vida adulta.
Durante la adultez intermedia, muchas personas realizan un balance natural de los objetivos alcanzados y de aquellos que aún desean cumplir.
Este proceso de reflexión puede generar satisfacción cuando existe coherencia entre los valores personales y el camino recorrido, pero también puede despertar sentimientos de frustración o incertidumbre cuando aparecen proyectos postergados o expectativas no cumplidas.
Hombres y mujeres ante esta etapa
Hombres y mujeres pueden experimentar esta etapa con desafíos diferentes, influenciados tanto por factores biológicos como por los roles sociales y familiares.
En el caso de las mujeres, suele observarse un mayor grado de introversión y una menor propensión a asumir riesgos, lo cual influye en la manera en que enfrentan la vida en comparación con la etapa de adultez joven.
Por otro lado, los hombres tienden a orientarse en función de su trabajo, al tiempo que experimentan presiones asociadas a este ámbito y se plantean interrogantes sobre si la vida que llevan define realmente su destino.
Obras como Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, de John Gray, contribuyeron a popularizar la reflexión sobre las diferencias en la comunicación y las relaciones de pareja, aunque actualmente estos temas se abordan desde una perspectiva más amplia e integradora.
Resulta una lectura recomendable para quienes desean comprender mejor la dinámica de las relaciones de pareja, ya que aporta herramientas que favorecen la comunicación, la comprensión mutua y el fortalecimiento del vínculo afectivo.
Más allá de las distintas perspectivas actuales sobre las relaciones de pareja, continúa siendo un libro que invita a construir vínculos más sanos y satisfactorios.

Una actitud positiva hacia el paso del tiempo
Durante la etapa de la vida considerada, es común enfrentarse a diversas crisis relacionadas con la conciencia de que la primera parte de la adultez ha concluido, que los hijos -si los hubiere- han crecido y que el final de la vida se vislumbra cada vez más cercano.
Frecuentemente, cuando se me interroga acerca de mi edad y se me pregunta cuántos años tengo, suelo responder, entre risas, de la siguiente manera: «Tengo veintiocho años, los demás ya me los gasté». Esta respuesta invita o sugiere una actitud positiva hacia el envejecimiento y la acumulación de experiencias en la vida.
La forma en que transitamos el paso del tiempo depende mucho más de nuestra actitud que del calendario. Envejecer significa acumular experiencias, aprendizajes y recursos que, bien aprovechados, permiten afrontar los desafíos con mayor sabiduría y equilibrio.
La madurez no implica perder oportunidades, sino descubrir nuevas formas de crecimiento personal y bienestar.



